viernes, 16 de mayo de 2014

¿Hay un problema? ¡Yo lo soluciono!




He querido compartir esta lectura porque queda bien apropiada en estos momentos: nosotros estamos haciendo intervención social (en nuestras clases, en nuestros proyectos comunitarios) sin embargo no siempre nos damos o no tenemos el tiempo y el espacio para reflexionarlo. ¿Qué estamos realizando, cómo lo estamos haciendo y porqué?

Creo saber porque: es probable que cada uno de nosotros desarrolláramos  sensibilidad respecto a los problemas sociales que hay en nuestro contexto y en consecuencia queremos hacer algo para “solucionarlos”, “reducirlos” o “modificarlos”, en lugar de solo permanecer estáticos; quizá por nuestras historias de vida hemos recorrido el largo camino que nos ha traído hasta este punto. Definitivamente no somos los primeros. Desde hace tiempo que la solución de los problemas sociales son materia de estudio dentro y fuera de la academia; cada año, cientos de iniciativas se dan a conocer y cada una se plantea resolver. Parece muy fácil: ¿hay un problema?  ¡tiene que haber una solución¡ …Si fuera así de fácil, entonces debería haber más casos de éxito (a la fecha ya no tendríamos viejos y añejos problemas), pero la mayoría de las veces no es así.

Esto me hace recordar un momento de la lectura en el que se menciona que “un gran peligro de la intervención social es suponer que ésta es buena por definición”. Tener ideas bien intencionadas sobre un problema, no lo soluciona. Incluso pueden generar efectos contrarios a los que se espera. ¿Por qué algunos proyectos comunitarios fracasan? ¿Por qué a veces las “personas implicadas” en el problema parece que no quieren resolverlo? Es complejo resolver un problema. Las intervenciones sociales, como las que hacemos nosotros, como nuestros proyectos comunitarios, se convierten en acciones que desplegaran un concierto de ideas preconcebidas, intereses y poderes, prejuicios y estereotipos, conflictos y un grande etcétera, que pueden terminar más cerca de “soluciones” bien intencionadas o de “soluciones” más o menos certeras.

El punto clave para este desenlace creo que está en conocimiento bien profundo de lo que nos rodea, revisando cada una de las acciones que estamos llevando a cabo en nuestro día a día. Sin querer, en ocasiones reproducimos en nuestra práctica cotidiana las acciones que en general creemos atacar, por ejemplo reproducir o reforzar la idea de “pobrecitos que no se dan cuenta” al pensar que podemos ofrecer una interpretación mejor de la realidad, a la que –por cierto- acabamos de llegar y “resolver” todos los problemas de una buena vez. ¿Por qué nos legitimamos de esa manera? ¿Quién nos otorga el “poder” de cambiarlo todo sin preguntar antes “porque y para qué”? Todas estas acciones las reproducimos en la cotidianeidad y de tan cotidiana, resulta invisible, nos menciona la autora. Otra de estas acciones invisibles son nuestras ideas preconcebidas sobre “interventores” e “intervenidos”, el Ojo Divino. Es una añeja manera de intervenir: el interventor (el que llega) está más “capacitado” que las personas que están inmersas en el problema.

En este sentido tenemos muchas intervenciones que aportan recursos para implementar acciones que “resuelven inmediatamente” los problemas (al menos de manera temporal, por un día o una semana) pero que no reflexionan (es decir con un conocimiento profundo de lo que les rodea) por ejemplo en la siguiente situación: Los vecinos dicen “los jóvenes son unos “malandrines”, lo que tenemos que hacer es poner un montón de vigilancia en las calles para que de ésta manera no cometan actos vandálicos. ¡Solución del problema! Fin de la historia. Desde una perspectiva más reflexionada quizá nos demos cuenta de las siguientes cosas: la definición de “malandrines” es que pasan todo el día fuera de sus casas, en las calles por ejemplo, en grandes grupos y haciendo “suertes” con la patineta o bicicleta, se visten con jeans rotos, camisas holgadas…, ellos explican que hacen esto porque no tienen “a dónde ir”, es decir no hay espacios públicos dónde ellos puedan realizar sus “suertes” de patineta porque están muy motivados para participar en un concurso estatal de “skateboarding”. ¿Cuál sería el desenlace de esta intervención? Que al aumentar la vigilancia de las calles y “echar” a los jóvenes, éstos fueran a “ocupar” otros espacios y ahora sí de manera irrespetuosamente directa contra las casas: pintándolas sin permiso, como una manera de hacer notar su presencia.
No es fácil hacer una intervención social (llámese proyecto comunitario por ejemplo), para lo cual es fundamental conocer de manera profunda y  objetiva, es decir es necesario posicionarse (formar parte de…) y optar por una interpretación que se construye en la  relación entre quien “conoce” y quien “es conocido”, al fin y al cabo habla de una relación de igual a igual. Ninguno llega a imponer algo (como una idea o una solución), ninguno asume esta imposición.  

La propuesta final es construir iniciativas de intervención de manera horizontal y desde conocimiento profundo de lo que nos rodea en nuestro día a día. Eso quita el Ojo Divino al interventor: no es un mesías, no es quién tiene que  “poner las cosas bien de una buena vez”. Es un agente más que adquiere un posicionamiento dentro de esa realidad y que puede ayudar a construir desde la horizontalidad; además siempre tiene la opción de reflexionar una y otra vez  ¿Qué estoy realizando, cómo lo estoy haciendo y porqué? Esto es un cuento de nunca acabar, el conocimiento profundo es preguntarme siempre en la intervención, ósea en el proyecto comunitario ¿quién quiere cambiar qué y cómo quiere hacerlo y sobre todo porque quiere hacerlo?

Para ilustrar la importancia de conocer profundamente y construir desde la horizontalidad nuestros proyectos comunitarios, termino ilustrando con una viñeta de Quino. No nos pase cómo la amiga de Mafalda, en su bienintencionada idea de “darles de comer a los pobres”, como un absurdo de aquellas intervenciones que no se ponen a reflexionar sobre el asunto. 




jueves, 15 de mayo de 2014

Re–pensar al adolescente de hoy y Re–crear la escuela

Esta lectura en lo personal me fue de mucha ayuda para irme adentrando desde mi área de estudio al “mundo” de los adolescentes; todos sin excepción ya transitamos por esa etapa, bien o mal tenemos recuerdos adolescentes, pero siento que para muchos ese “mundo” se les ha olvidado, por lo tanto comparto esta lectura  que nos permite reflexionar sobre esta maravillosa etapa en la que se encuentran nuestros estudiantes.

Inicio con esta interrogante: ¿para ti, qué es un adolescente?, reflexionemos un poco.  Para mí, un adolescente es alguien que se está transformando, que tiene transitoriamente varios espejos rotos,  espejos donde miraba su infancia y niñez; espejos donde deja de verse con claridad; y no solo se vuelve borrosa la parte  física, sino la cultura en la que se encuentra, haciendo de estas dos una mezcla que debe poner de acuerdo.

Entre muchos sistemas que influyen en este desarrollo se encuentra la escuela. Para la escuela no solo los cambios corporales les causan problemas, sino los cambios conductuales; y es aquí donde me detengo un poco, ya que estos cambios exigen atención y respuesta por parte de la escuela.

Nosotros ya somos parte de una institución educativa, somos ese apoyo y estamos impactando a muchos adolescentes, los cuales reclaman acercamiento e interés por su realidad; ¿cuantas veces no se nos han acercado para pedirnos  unos minutos de nuestro tiempo?, hemos conformado un vínculo con los estudiantes, ellos saben que nos interesan, que no echamos en saco roto sus pláticas;  porque realmente nos importa su desarrollo no solo académico, sino integral.   

Estamos en la recta final de un año de múltiples experiencias, e iniciaremos un año más de impactos positivos con nuestros alumnos; impulsémonos y sigamos con el objetivo que desde un inicio nos apropiamos. Despertemos esa  “vocación  docente desde lo más profundo, asumiendo el compromiso de educar como tarea de servicio, reconociendo que en cada alumno hay un misterio que se debe respetar, que es su vida la que tiene que desplegarse y crecer, que la misión como docente es ser “puente” para que su misterio se devele, para que el amor a la vida se desarrolle en él.”


 "Educar para transformar"









sábado, 3 de mayo de 2014

Apatia en alumnos.



Tener el rol de profesores o educadores no es una tarea fácil ya que tenemos una gran responsabilidad y compromiso con nuestros alumnos y con nosotros mismos, vemos a nuestros alumnos a diario y tenemos gran influencia en ellos por lo que, es de suma importancia que esa influencia sea positiva y significativa.

Y como seguramente alguna vez  hemos escuchado: "la escuela, compañeros, maestros son como mi segunda familia" porque nuestros estudiantes pasan al menos de 5 a 8 hrs en la escuela, tiempo suficiente para que ellos tengan experiencias, creencias, posturas, decisiones en las que de una u otra forma nosotros hemos contribuido mucho o poco.


En ese tiempo vamos conociendo a nuestros estudiantes y seguramente nos hemos topado con alumnos que cumplen con tareas, ejercicios pero a la hora de participar en clase, dinámicas o trabajos grupales les es muy difícil integrarse o  no tienen interés por aprender o tener una buena nota.

Bueno pues tocando el tema de la apatía en estudiantes como lo dice el artículo que les compartí es necesario preguntarnos  ¿Por qué mis estudiantes se comportan así? ¿Cuáles son las causas? ¿Qué pasa por su mente?

Como lo dice el autor de este articulo el alumno a veces solo sabe que "tiene que estudiar" pero no sabe cómo ni por qué hacerlo y lo peor que hay docentes que organizan actividades con sus estudiantes y tampoco conocen su finalidad, no tienen claro los objetivos, no crean  expectativas de sus alumno o simplemente hay poca preocupación en el alumno y no se busca que hay detrás de ese comportamiento en qué circunstancias se encuentra el alumno y a veces solo nos centramos en que cumplan académicamente y tener un buen control en el aula. 

El alumno tiene una mochilita que lleva cada día y la llena con comentarios o actitudes que surgen en su entorno escolar (maestros, compañeros) esto puede ser negativo tanto como positivo (algunos ya traen esa mochilita llena desde casa)  nosotros como docentes debemos ocuparnos no solo en impartir clase sino también en llenar esa mochilita con cosas positivas que a su vez ayudaran a crear un clima favorable para cada alumno, logrando despertar su curiosidad, motivación, pasión por descubrir y aprender cada día mas.

Y bueno para no explayarme tanto me gustaría tomar estos tips que nos da en autor y me parecen muy buenos:

·          Dejar que el alumno hable y se exprese
·           Impedir que repita lecciones aprendidas de memoria
·            Inducirlo a utilizar otras capacidades además de las intelectuales
·            Promover la expresión de vivencias personales (qué viste, qué sentiste, cómo lo viviste?) y sobre todo sus opiniones (qué opinas sobre lo que estamos tratando?)
·            Procurar que el alumno establezca con sus compañeros una comunicación "constructiva"  y no meramente "informativa"
·            Sacar a flote las capacidades (trabajar con lo mejor que tiene cada uno)
·           Crear un clima donde cada uno se sienta valorado
·            Buscar el modo en que cada alumno triunfe en algo
·            Presentar a la educación como el desarrollo de capacidades (autodespliegue) y no como una  carrera de obstáculos o de vallas que hay que saltar
·           Procurar que al alumno aprenda a "amarse a si mismo"
·            Impulsar el crecimiento de la identidad: potenciar y promover más el SER que el TENER
·            Procurar que el "estudiante no se coma a la persona" 


Cuanto más valorado y aceptado se sienta el alumno más le ayudará a  avanzar en sus aprendizajes. Si el docente logra  tener una relación auténtica y transparente, de cálida aceptación, de valoración  como persona diferente, donde vea al alumno tal cual es, probablemente esto ayude al alumno  a experimentar y a comprender aspectos de si mismo,  a emprender y enfrentar mejor los problemas.  Sería muy ingenuo por otro lado, esperar y pretender que todo se dé en forma mágica. 

¿Educar en mentalidades?

¿Qué pretendo enseñar? Aún hoy es preocupante que después de casi un semestre entero no tengo la respuesta a esta pregunta ¿debería enseñar los contenidos académicos de los planes? ¿debería enseñar lo que yo creo que les puede ser de utilidad? ¿debería enseñar actitudes/comportamientos?
Recuerdo claramente haber leído un programa sobre actitud emprendedora, en concreto debías lograr que los estudiantes fueran creativos ¿cómo lo lograrías? ¡Claro! Era indispensable estudiar y aprender el concepto de creatividad, una vez aprendido al parecer podíamos asumir que los estudiantes sabrían qué es ser creativo y por consiguiente lo serían. Fin. Pasamos al siguiente “tema”….
Entonces me surgió una pregunta ¿cómo se enseña a ser creativo? O una más esencial ¿se puede enseñar a ser creativo?  

Quizá esta es la parte que más me ha costado digerir sobre el programa: Es importante trabajar actitudes, comportamientos y sobre todo mentalidades, pero ¿es posible enseñar esto dentro de un salón de clases? Es cierto que nuestro impacto en buena medida depende de ello: más allá de los números ¿cuántos estudiantes han cambiado sus expectativas de vida y sus compromisos con su educación a partir de mi intervención de 3 horas a la semana durante un semestre? Prefiero evitar pensar en una respuesta a esto.Y, en caso de ser posible ¿Qué actitudes o mentalidades quisiera enseñar? eso lo decide cada uno de nosotros ¿basándonos en qué cosa? Objetivamente en nuestras creencias, en lo que yo, tú o cualquier PEM creemos que puede serles útil a lo largo de la vida.

El sistema político ha diseñado al sistema educativo para respondes a sus propias necesidades y no a las necesidades del hombre como sujeto en desarrollo, como bien remarca Fullat la educación institucional siempre será política y privilegiará el desarrollo del sujeto en y para la sociedad y no al sujeto en y por sí mismo.

Desde que dejamos de ser puramente animales hemos basado nuestro desarrollo en la transmisión no genética de los conocimientos que posibilitan nuestra supervivencia: a esto llamamos cultura; esta cultura ha sido tan fuerte que ha logrado suprimir los instintos animales y someterlos a cánones sociales, ha creado conceptos, ideas y pensamientos, ha construido castillos en el aire sobre una base de realidad.
Nosotros, los hombres, hemos creado el bien y el mal, hemos adjetivado los hechos.

Desde pequeño, quizá incluso desde el vientre materno, el niño comienza a ser enculturado, primeramente a través de los lenguajes, después a través de la refinación de conceptos e ideas, de historias y mitologías, de expectativas, reglas y normas de convivencia. Una de mis clases favoritas fue la clase de pensamiento nahua, -In ixtli, in yollotl. Dar al hombre, un rostro, dotarlo de un corazón, porque, a diferencia de los animales, el hombre no nace, se hace ¿hacer un hombre? Labor de sabios y me excluyo de esa categoría.

In ixtli, in yollotl se forma desde el hogar, en acciones cotidianas, sencillas que van dotando de sentido la vida del pequeño y que le van presentando una visión sobre el mundo, el niño depende del mayor para aprender qué es lo bueno, aún no se ha formado, no está listo para discernir, en su mente no hay cosas buenas o cosas malas, esos adjetivos pertenecen al mundo de la cultura que se le impondrá, por ello concuerdo con Fullat en que educar (no solo en la escuela) implica un acto de violencia, un transgredir al otro y modificarlo en su pensamiento o comportamiento, implica un acto de poder.  

La conformación de la conciencia y la identidad deben responder en primera instancia a las necesidades del sujeto, y en segunda instancia a su relación con la sociedad; y es esta conciencia, particular e individual,  la que permitirá dictaminar la utilidad y validez de cualquier categoría moral.

Me es difícil pensar en colocar o elegir valores para etiquetar mi aula, para practicar o trabajar, aún así lo hago. Lo que es importante para algunos puede ser insignificante para otros: mi banderín de “respeto” se ahoga cuando al salir de mi clase entran a otra donde el maestro los sobaja y mi mismo banderín me hunde junto con él al ver que ponen más dedicación en su clase que en la mía, porque en esa clase hay “exigencia”.


Considero que mi deber es más bien orientar, guiar, más que enseñar o educar. Responder a sus preguntas con otras preguntas que les permitan reflexionar y reflexionarse, no dar respuestas hechas, no decirles qué es bueno o qué es malo, sino invitarlos a pensar por sí mismos qué es lo que ellos creen que es lo mejor asumiendo responsabilidades e implicaciones de sus decisiones. Al final prefiero que se basen en sus propias creencias que en las mías que les son ajenas. Esa es la forma en que espero aproximarme o vislumbrar aunque sea desde lejos, lejos, un pedacito del educar para sí.