jueves, 13 de febrero de 2014

Segunda carta: Aceptar que no lees es el primer paso



Recuerdo la primer vez que leí a Laccan , todo el mundo decía que (dentro de la psicología) era un autor difícil de comprender, que a muchos intelectuales les costaba trabajo entenderlo y sólo lo sobrellevaban ¡en fin! De esos autores que quieres leer inmediatamente después de que escuchas de ellos; entonces decidí hacerlo ¡tenía que leerlo! encontré el “Seminario 1” y (más que listo) me dispuse a explorarlo, no había miedo, quizá un poco de nervios pero era más mi curiosidad…

…Al final no entendí ni jota, por más que busqué definiciones de palabras clave, hice preguntas a profesores, compañeros, etc. ¡no entendí nada! Más adelante seguí intentándolo y comprendí algunos de sus textos.

A través de este recuerdo me vienen a la mente varias preguntas: ¿es el miedo, la inseguridad y la falta de herramientas lo que imposibilita el deceso a vislumbrar las páginas de un libro? ¿A caso será que simplemente se necesita que los alumnos sólo sean más activos para que ellos puedan desmenuzar las ideas más abstractas de cualquier autor? ¿Y qué pasa si no existe miedo, ni inseguridad sobre nuestra propia capacidad para comprender cualquier texto (siempre y cuando éste esté asociado a nuestro perfil) lo comprenderemos? ¿Qué pasa si no?

En esta segunda carta, Freire plantea algunos supuestos interesantes: claro que la comprensión del texto no está estática esperando ser activada por quien lee, entiendo y secundo la idea de que el lector será tanto más productor de la comprensión del texto cuanto más se haga realmente un aprehensor de la comprensión del autor, sin embargo, desde mi punto de vista, lo más relevante de este segundo compendio, es la asimilación que Paulo (no Coelho) hace sobre la existencia de las razones que nos provocan miedo, angustia e inseguridad para leer, escribir o expresar nuestras ideas y pensamientos (eso último creo que lo inferí).

¿Es menosprecio hacia nosotros mismos o es que idealizamos a las demás personas al grado que creemos que no podemos aportar algo significativo? ¿Es culpa de la propuesta mecanicista leer-memorizar predicada en las escuelas? ¿Es acaso un mecanismo de defensa que resulta de la alerta de nuestro inconsciente hacia algún peligro? ¿Tiene que ver con nuestra infancia y el tipo de apego que tuvimos con nuestros padres? ¿Habrá alguna relación con nuestro Edipo no resuelto?

Creo que me viajé demasiado, no obstante, considero que ese sentimiento de inferioridad viene de más atrás y es inherente a nuestra empiria. No es posible leer sin escribir, ni escribir sin leer, a pesar de eso, lo hacemos (sólo lean nuestros intentos de publicaciones) por obligación, por conveniencia, por placer, etc.; es simple, pero ¿de qué manera podemos decirle a un alumno (que tiene ese miedo a equivocarse) que no comprendió un texto? ¿Cuál es la manera más sutil para mencionarle a una persona (a mí) que no sabe (sé) escribir?

Tal vez como docentes no nos será posible llegar a las raíces del (nuestro) miedo a leer/escribir, sin embargo, podemos tratar de aminorar ese estrés a nuestros alumnos reforzando sus pequeños logros, comprendiendo el contexto en el que viven/vivimos, acercándonos a ellos, motivándolos a intentarlo y, no sé, poniéndoles el ejemplo: leer y escribir con ellos, leer por placer, escribir en nuestros diarios, terminar nuestras tesis, publicar en nuestro blog y miles de cosas más y así tal vez, podríamos comenzar con nosotros mismos, quitarnos ese miedo, ese menosprecio: ¿¡y qué si no le entiendo!? ¿¡Qué si escribo peor que mi hermanito de primaria!? ¿¡Qué si nadie me entiende cuando hablo y escribo!? “aceptar que no lees es el primer paso” (Librerías Gandhi, 2013) y yo ya llevo un paso más que los que no lo aceptan.  

Referencias

Freire, P. (2004). "Cartas a quien pretende enseñar". Segunda carta. Buenos Aires: Siglo XXI, Editores Argentina

Librerías Gandhi (2013). Aceptar que no lees es el primer paso. Espectaculares.

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