jueves, 30 de enero de 2014

Comentario de la Primera carta: Enseñar-aprender (de Paulo Freire)


La “PRIMERA CARTA: Enseñar – aprender” de Paulo Freire me ha hecho pensar en la profundidad que existe en el acto de ser educador o educadora. Muchas veces obviamos la acción de enseñar y la reducimos al espacio de un salón de clases y un contenido académico impecable, definitivamente nuestra corta experiencia en las aulas nos devuelve el hecho de que no basta con eso.  Muchos de mis estudiantes pueden recibir una explicación científica bien sustentada y rigurosa, sin embargo no estoy convencida de que la mayoría de éstos aprendan/aprehendan, la pregunta que siempre me planteo es ¿Por qué?
En este sentido, reflexionar la práctica ayuda a hacer consciente el proceso que está pasando frente a nuestros ojos en esa aula. Nos acerca a esa “lectura del mundo” que nos habla Freiré. Me llama la atención esta idea sobre  “leer el mundo”, entiendo que significa observar sin lecturas previas y abstractas (¿prejuiciadas?) que expliquen el contexto que nos rodea;  lo que nos propone Freire es cómo si partiéramos desde una visión ingenua de la realidad siempre preguntándonos ¿Por qué? 
Si mis estudiantes no aprehenden el conocimiento a pesar de mi práctica docente esforzada, me tendría que preguntar ¿por qué?, ¿Es posible que el conocimiento que estoy impartiendo no signifique nada para estos estudiantes? Luego de esta reflexión incesante la pregunta forzada sigue siendo ¿pero por qué? En este sentido,  Freire nos apunta a una solución: romper la dicotomía en la que caemos al intentar priorizar los conocimientos teóricos sobre los conocimientos prácticos y al revés. Esta dicotomía la aprendemos cuando nos enseñan o cuando enseñamos, puesto que siempre intentamos validar los conocimientos “científicos” por encima de los experienciales o sensoriales, en realidad no tendría que ser así. La importancia de otorgarles igual valor a ambos conocimientos, radica en nuestra postura delante de los conceptos de “enseñar y aprender”; es decir, si partimos del hecho de que “enseñar y aprender” son conceptos presentes en nosotros desde que comenzamos a explorar el mundo, incentivados por nuestra curiosidad, entonces les otorgaremos un valor igualitario.  Está claro que mis estudiantes tienen conocimientos experienciales que yo ignoro y que probablemente estén relacionados con los conocimientos académicos que intento impartirles, la reflexión sobre mi práctica está relacionada con el hecho de descubrir esta nueva lectura: entonces puedo hacer una conexión entre sus conocimientos y lo que yo intento “enseñarles”, de manera más efectiva.
Coincido con la afirmación de que la principal labor de un educador es desarrollar habilidades que permitan al alumno adquirir sus propios conocimientos -experienciales o académicos- y que a su vez  puedan compartirlos. Esto significa por ejemplo dar una especial importancia a la comprensión lectora y escritora: entender el conocimiento que otras personas proponen y a su vez ser capaz de elaborar y compartir las propias reflexiones.
No cabe duda de que como educadores tenemos una tarea ardua no solo por los resultados que se nos exige, sino más bien por las implicaciones de esta acción. Es necesario tener esa visión crítica de la práctica para evitar validar únicamente conocimientos que no signifiquen nada para nuestros estudiantes o concentrarnos demasiado en la lectura del contexto y convertirnos solo en observadores. No en vano Freiré menciona que la comprensión de los “textos” (en relación a las lecturas) requiere un trabajo previo por parte del “lector”, y no en vano relaciona la actividad lectora con la producción escrita: es decir observar y conocer de “otros” a la vez que éstos nos observan y conocen de mí, finalmente nuestra acción se convierte en un ciclo perfecto que no se queda en la teoría pero tampoco se pierde en la práctica.

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